Una primera modernidad artística, 1940-1947
La renovación pictórica iniciada con los Independientes empezó a consolidarse a inicios de la década de 1940. Muchos de los nuevos pintores, como Macedonio de la Torre, Carlos Quízpez Asín y Sérvulo Gutiérrez (1914-1961), habían estudiado en el extranjero. Sus opciones estéticas fueron adoptadas independientemente y, por lo tanto, variaron mucho entre sí. Mientras Sérvulo se inició con una figuración de riguroso formalismo, su lenguaje fue progresivamente derivando hacia el expresionismo que, para mediados de la década de 1950, llegó a extremos que otorgaron a su pintura un carácter singular. Quízpez Asín se mantuvo dentro del postcubismo, alternando entre el geometrismo y la figuración de superficies y colores planos. Macedonio de la Torre, en cambio, tendió hacia una investigación sostenida de las formas orgánicas que lo llevaría de manera progresiva hacia la abstracción en la década de 1950. Todos ellos practicaron una pintura en la que los valores formales adquirían mayor peso sobre los objetos o conceptos representados en el lienzo, y todos también dieron prioridad a temas ajenos al repertorio indigenista.

Hacia la abstracción, 1947-1958
La renovación modernista se consolida hacia 1947, cuando aparece el crucial manifiesto de la Agrupación Espacio, que expresa el sentir de una joven generación de arquitectos y artistas identificados con el arte moderno y la abstracción. La Galería de Lima, fundada en 1946 y convertida luego en el Instituto de Arte Contemporáneo, será el principal espacio para la promoción de las nuevas ideas. En torno a estas instituciones surgen los principales nombres del arte moderno en el Perú: Jorge Eduardo Eielson (n. 1923), Eduardo Moll, Benjamín Moncloa (n. 1927), Jorge Piqueras (n. 1925), Joaquín Roca Rey (1923-2004), Emilio Rodríguez Larraín (n. 1928) y Fernando de Szyszlo. El debate se polariza entre el formalismo purista del arquitecto y crítico Luis Miró Quesada Garland y las demandas nacionalistas pero renovadoras del escritor Sebastián Salazar Bondy. Para 1958, cuando se presenta el I Salón de Arte Abstracto en el Museo de Arte de Lima (bajo el liderazgo de Moll y Moncloa), la abstracción se había convertido ya en un eje dominante del arte peruano.

Fernando de Szyszlo (n. 1925)
En 1951 Fernando de Szyszlo (n. 1925) presenta su primera muestra de cuadros abstractos en Lima. Con anterioridad, artistas como Enrique Kleiser (1905-1977) y Emilio Goyburu (1897-1958) habían incursionado en la abstracción. Pero por la beligerancia de su postura y por el debate que logra generar, Szyszlo será el protagonista principal de la abstracción en el Perú. Szyszlo fue también el primero en esbozar una propuesta localista, inspirada en la poesía quechua y en la historia local.

Las vanguardias, 1965-1970
La segunda mitad de la década de 1960 significó una rápida puesta al día para el arte peruano. En pocos ańos se presentaron en Lima muestras que abarcan casi todos los desarrollos artísticos de la vanguardia internacional. Fomentados por el crítico Juan Acha, los grupos Seńal y Arte Nuevo intentarán crear una vanguardia asociada a los nuevos lenguajes artísticos. Regina Aprijaskis (n. 1921), Luis Arias Vera (n. 1932), Jesús Ruiz Durand (n. 1940), Rafael Hastings (n. 1942) y Luis Zevallos Hetzel (n. 1933), son algunos de los artistas que incursionan en el Pop-Art, Op-Art y luego en el no-objetualismo. El "pop" estuvo definido por las formas de la cultura de masas internacional e ignoró las imágenes comerciales producidas por el mercado local. El golpe militar de 1968 marca el comienzo del fin de estas propuestas, que no encontraron apoyo en un régimen que tendía a cerrar fronteras y volvía la mirada hacia adentro.

Hacia la figuración 1969-1980
En 1969 dos significativas exposiciones de Tilsa Tsuchiya (1929-1984) y José Tola (n. 1943) marcan el retorno a la figuración en el arte peruano. La tendencia surrealista de Tilsa y el expresionismo de Tola anunciaban las dos principales vertientes que dominarían en la pintura peruana en las décadas siguientes. Se consolidaron por entonces en la escena local figuras como Cristina Gálvez (1919-1981), David Herskovitz (n. 1925) y Víctor Humareda (1920-1986), quienes proponían versiones del expresionismo. Pero sería la figuración de corte fantástico la que dominaría el mercado artístico de la década de 1970. Escenarios imaginarios, poblados por formas y figuras indefinibles, cargadas de un evidente erotismo, se convirtieron en el lenguaje común de artistas destacados como Gerardo Chávez (n. 1937), Carlos Revilla (n. 1940) y Leoncio Villanueva (n. 1947).

El nuevo rostro de lo popular, 1979-1990
El gobierno militar iniciado en 1968 rompió con la mirada internacional que había dominado hasta entonces. Se impuso un interés renovado por las tradiciones artísticas locales y se planteó el propósito de llevar el arte a públicos cada vez más amplios. Surge así un nuevo paradigma de lo popular, basado en la cultura urbana, producto de las migraciones que, desde la década de 1950, iban transformando el rostro de la capital. De los eventos masivos organizados por la dictadura militar surge el Taller E.P.S. Huayco, un grupo de jóvenes artistas que buscan aproximarse a la nueva cultura urbana. Los artistas vinculados a Huayco experimentaron con técnicas de producción industrial como la serigrafía y realizaron intervenciones efímeras en espacios urbanos y periféricos, para crear la posibilidad de un arte radicalmente público, con resabio de pop local. Huayco abre así las puertas a la experimentación en nuevos géneros, temas y formatos, y define una amplia estela de influencias que llega a nuestros días.

El paisaje del desierto, 1980-1990
La historia del urbanismo limeño es, en gran parte, la historia de la ocupación y la habitación del desierto.
Quizá por ello, en oposición a la imagen de la ciudad, el desierto se convirtió en la antítesis del urbanismo y de su caótica modernidad: en un espacio inhabitado, dominado por la naturaleza, marcado por ritmos y tiempos distintos. Hacia la década de 1950 Reynaldo Luza elaboró una primera y depurada imagen del paisaje desértico; el refinado formalismo de sus lienzos fue continuado en las fotografías que José Casals realizó del sitio arqueológico de Puruchuco. En 1977 Jorge Eduardo Eielson presentó el "Paisaje infinito" por la costa del Perú, una exposición que otorgó un sentido existencial y poético a la representación del desierto y renovó sus posibilidades expresivas. La arena y el adobe, se convierten en los ejes de la construcción del paisaje costeño en las esculturas de Emilio Rodríguez Larraín y en las pinturas de Ricardo Wiesse. En la obra de Billy Hare y Esther Vainstein, cargada de vagas reminiscencias prehispánicas, la costa se convierte también en paisaje histórico.

Los '80: La década de la violencia
Los años '80 vieron la consolidación de tendencias iniciadas en la década anterior. El expresionismo y la figuración fantástica ocuparon el espacio galerístico, mientras que la fotografía se fortaleció como una de las alternativas más innovadoras en la escena local. Ambos, la fotografía como registro documental y el expresionismo figurativo, fueron los medios a través de los cuales se dio una representación visual a la violencia política vivida en esos años.

La última década
La década de 1990 trajo cambios radicales a la escena artística, debidos en gran parte a la apertura internacional promovida por las Bienales Iberoamericanas de Lima (1997, 1999, 2002). El video arte, la instalación y la fotografía adquirieron un nuevo protagonismo, desplazando la prioridad jerárquica que hasta entonces había tenido la pintura en el arte local. Surge así una nueva generación de artistas insertos en circuitos internacionales y comprometidos con los nuevos medios y formas de expresión. La colección del museo ha ido incorporando estas nuevas expresiones y continua ampliándose para poder presentar una muestra representativa de la creación contemporánea en el Perú.

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