La transición
La conquista del Perú por las huestes de Pizarro (1532) y la progresiva organización del sistema político colonial trajo como consecuencia la desaparición de muchas de las tradiciones plásticas precolombinas y la instauración de una nueva tradición basada en el arte occidental. Sin embargo, hay una época en los inicios de la época colonial, llamada de transición, en que se da un arte que combina elementos de las culturas precolombinas y formas del arte europeo. Estas manifestaciones, que aparecen principalmente en la cerámica, la orfebrería y la textilería, no tendrán un desarrollo sostenido, pero algunas formas de origen precolombino, como los keros (vasos ceremoniales para libaciones usualmente hechos en madera tallada y policromada) se seguirán produciendo a lo largo de la dominación hispánica en América e incluso hasta el siglo XX.

Los keros
Durante la época precolombina, los keros -cuyas formas parecen derivar de la cultura Tiahuanaco- llevaban principalmente decoraciones incisas de formas geométricas. El arte figurativo europeo contribuyó a transformar estas decoraciones y los keros comenzaron a incorporar entonces imágenes reconocibles del entorno y de la mitología andina en colores vivos, a la manera occidental. Las reminiscencias precolombinas en el arte colonial se manifestarán casi siempre en las artes decorativas, pues éstas tenían precedentes artísticos en las culturas que habitaban el Perú en el momento de la conquista.

Los inicios del barroco
En las últimas décadas del siglo XVI irán llegando otros pintores procedentes de Italia, como Mateo Pérez de Alesio (1547-?) y Angelino Medoro (1547? - después de 1628) cuya obra, como la de Bitti, estuvo definida por el estilo de la contramaniera y el espíritu contrarreformista derivado del Concilio de Trento. Tanto Bitti como Medoro y Alesio dejaron seguidores en el Perú, artistas como Leonardo Jaramillo, Luis de Riaño y Lázaro Pardo de Lago. Para mediados del siglo XVII se había constituido ya en Lima un cuerpo grande de artistas, los suficientes como para formar un gremio que poco a poco fue dejando atrás el estilo manierista de sus antecesores para abrir paso a las corrientes barrocas.

Los aportes iconográficos locales
Si bien la pintura colonial peruana se inspiró en los modelos traídos de Europa, gradualmente surgieron diferencias que otorgaron carácter propio a la pintura local. Algunos temas pictóricos claramente heterodoxos, como la representación de la Santa Trinidad en la forma de tres figuras idénticas, lograron en cambio en el Perú una gran difusión hasta bien entrado el siglo XVIII. También surgieron verdaderas invenciones iconográficas, como las de las series de arcángeles portando arcabuces, vestidos a la usanza de la guardia del virrey. Es probable que el surgimiento de estas series angélicas responda simplemente al espíritu militante de la Iglesia de la Contrarreforma, aunque también se ha sugerido que el estruendo del arcabuz podía asimilarse en la concepción andina a Illapa, dios local asociado al trueno.

La tradición cusqueña
En el Cusco se gestó una tradición pictórica propia, que se desarrolló principalmente a partir de 1650, fecha del fuerte terremoto que asoló la ciudad y destruyó gran parte de sus templos. La reconstrucción de la ciudad exigió el trabajo de los artesanos cusqueños y les brindó una oportunidad para desarrollarse. Es el momento de auge de la pintura cusqueña, que nos ha dejado los nombres de grandes artistas, como Diego Quispe Tito, Juan de Santa Cruz Pumacallao, Juan Zapata Inca.

Entre fines del siglo XVII y mediados del XVIII, los artistas del Cuzco crearon una de las escuelas pictóricas más importantes de América del Sur. Una de las características de la pintura cusqueña es la abundante utilización del pan de oro para la decoración de las pinturas, técnica conocida con el nombre de brocateado. Desde el Cusco se exportaban cuadros a las principales ciudades del Alto Perú (hoy Bolivia), la Capitanía General de Chile y al Virreinato del Río de la Plata. La enorme producción de la escuela cusqueña y los escasos estudios sobre el tema impiden muchas veces llegar a atribuciones precisas, por lo cual los autores de gran parte de los lienzos de la escuela cusqueńa que se exhiben en el museo permanecen en el anonimato.

Resurgimiento de la pintura limeña
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, la pintura limeña vivirá un nuevo florecimiento. Los artistas reciben encargos de importancia para las iglesias limeñas, como la serie de la Vida de San Pedro Nolasco que Julián Jayo (activo 1760-1811) pintó para el Claustro del Convento de La Merced. De los maestros limeños del XVIII, el Museo guarda un importante lienzo del pintor Cristóbal Lozano (? - 1776), su Éxtasis de San Camilo de Lelis, obra que resume el estilo del barroco tardío. La mayor parte de las obras seguirán siendo de tema religioso pero hacia fines del siglo va apareciendo una nueva tradición pictórica, la del gran retrato de aparato que surge en torno de la corte virreinal. Apareció en la época colonial José del Pozo (Sevilla, c. 1757 - Lima, c. 1830), retratista vinculado a la corte virreinal, quien será uno de los artistas cuya obra servirá para marcar la transición entre la época colonial y la republicana.

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